El destino cruel y ludópata, jugó a nuestro favor las mismas veces que jugó en contra. Nacimos desparramadas en extremos diferentes y sin embargo caímos en el mismo rincón del mundo. Estudiamos en colegios distintos, nunca fuimos vecinas, pero las mismas fuerzas que nos separaron buscaron unirnos. La jugada definitiva fue llevarnos a vivir a la misma ciudad, al mismo rincón olvidado de la mano de Dios.
Juntas, atravesamos –casi- todas las etapas de la amistad, cada una se comportó como el lazarillo de la otra a pesar de nuestra ceguera permanente, fuimos escudo, espada, red, catapulta, fuimos lazo, alas, viento. Durante los años infantiles en que recolectaba frases encontré una tan espectacular que de tanto decirla llegué a pensar que era mía, "los amigos son la familia que uno elige"… y bien se que la familia lo es todo.
Aprendimos de la vida al mismo tiempo que lanzábamos pronósticos y hechizos, nos gustaba teorizar pero ser imprevisibles. Pero el abismo nos llamaba más seguido que el camino. ¿Sientes el viento, Lilyth?¿Sientes como se escapa entre los dedos? Tenía ganas de responderle que la libertad me invadía, que no habría manos capaces de detenernos, pero solo pude cerrar los ojos y respirar profundo.
El camino estaba plagado de errores de cálculo, de percepción; el abismo en cambio era como la luz que tienta a las mariposas, ¿te acuerdas? Cuando decía que era mariposa, te reías de mi refutando que solo era polilla. En eso tuvo razón, pero resultaba que a las dos nos gustaba el fuego, no nos importaba quemarnos.
¡Cuánto teorizamos! hicimos cálculos de probabilidad acerca de la repetición de acontecimientos. Inventamos reglas, resumidas hábilmente en una o dos palabras que funcionaban como un mantra protector y poco a poco nuestro vocabulario se fue llenando de frases absurdas para oídos profanos: Está orinado, gritaba que estaba muerto, esta vida mas como sea, la tierra prometida, domingo día del cortejo (novio)…
A veces quisiera preguntarle ¿Cómo lo sabe? Como puede leer la tristeza en mi espalda, el mal humor en el rabillo del ojo y el nerviosismo en mis pies… y cómo al hablar por teléfono le basta que diga “Hola” para que tener un análisis detallado de mi estado de ánimo.
Nuestra amistad a toda prueba sigue creciendo, luchando, cambiando. La distancia nos aleja por temporadas, y ella con la paciencia de un ángel sigue manteniendo mis raíces vivas, inventando lenguajes alternativos donde le basta un silencio para mantener una conversación, una mirada para ayudarme a cargar el peso de mi soledad. Un gesto para saber cuanto la quiero.
Siempre admiré su capacidad de brillar, de mover al mundo, la fortaleza de su ser que no la dejó caer a pesar de las contrariedades que le tocó vivir. Estar a su lado me dio ese toque de “invencible” y ser su amiga me convirtió en un ser irremplazable.
Hoy, me puse a recordar nuestras aventuras, el viaje en coche que "tomamos prestado", las fiestas de fin de año, las cuestiones cotidianas, sus risas, mis carcajadas, mi mala costumbre de llorar primero por la nariz, nuestros secretos, alguna mentira blanca, los silencios, el libro de Marcela Serrano por el que la nombré la custodia de mis diarios y por el que ahora tiene con ella mas de tres cajas, pero sobre todo recordé la promesa de que construiría en su casa una habitación especialmente para mi -con vistas a la calle por si necesito huir a las 3 de la mañana- esa promesa de crear para mi, un lugar al que siempre pueda volver.