Es tan absurdo y temerario como despertar con resaca y un nombre tatuado en la nalga izquierda.
Este sentimiento no tiene nombre.
Es un remolino que mueve mis sentimientos y no me deja pensar, es un temblor que me obliga a cambiar de estrategia cada momento.
Es irreverente con mis decisiones, es contestatario y revolucionario contra mis propias conclusiones.
Es un suicida en potencia, un impresentable que llama a las cinco de la mañana.
Es un sentimiento inútil, desechable, que por mucho que intento no consigo sea reciclable.
