Cuando escucho la música ambiental típica de los elevadores me pregunto si existen músicos que desde su tierna infancia soñaban con componer la sinfonía del 5º piso, o si fue la necesidad la que les obligó a juntar un par de notas dado que todos tenemos cuentas que pagar y bocas que alimentar. Entre los extremos coexisten en mis pensamientos aquellos que empezaron escribiendo una canción de amor, una gran declaración y en mitad de la faena tuvieron que aceptar que no alcanzaría para tanto. Esas notas por mucho que se eleven no llegarían a tocar un solo corazón.
La vida suele ser así, no se especializa en finales felices y como -a diferencia de las películas- tiene más de dos horas para desarrollar un argumento, suele ser más complicada. Debemos aprender a medir nuestro ímpetu, rectificar ideas, diseñar planes de contingencia; porque no todos nuestros sueños serán alcanzados; quizás las notas que resuenan en el elevador no fueron escritas para ese triste destino.
Por mucho que intento no lo consigo, no puedo permanecer indiferente, domar ese descontrol que no siempre es productivo y muchas veces me obliga a descarrilar como un tren sin frenos. Mi vida es una decisión constante sobre dar o no el salto al vacío.
Y en el amor no soy diferente. Desde las primeras notas que mueven mi espíritu me preparo para la gran sinfonía. Nada menos -nunca menos- y por eso me he estrellado más de una vez, pocos enamoramientos llegan a ser grandes amores, pero sigo repitiendo el estribillo, como fuese la única canción aprendida.
A pesar de los años que han pasado recuerdo aún como latía mi corazón despertando a todas y cada una de las mujeres que viven en mi, recuerdo sus luchas, sus desacuerdos, sus incoherentes estrategias de ataque, siempre de ataque, nunca supe resistir la tentación y dejarme seducir.
¡Estrategias absurdas! puesto que si, bajo el sistema democrático la mayoría optaba por que nuestra representante fuese la dama en apuros; las guerrilleras que “luchaban por mi bienestar” organizadas en grupos clandestinos escribían largas declaraciones; las kamikazes tiraban piedritas a las ventanas y mis labios (los eternos infiltrados) robaban besos. La dama en apuros lanzaba un pañuelo al aire y en un acto melodramático desaparecía.
En mitad del alboroto, las encantadoras de serpientes encandilaban hablando… llegaba el caos… las mujeres que me representan tienen la memoria muy alborotada y en mitad de la seducción olvidaban los objetivos e iniciaban discusiones internas sobre, qué significa en realidad ser mujer, que si la economía, que si la sociedad, que si las estrellas fugaces escapaban de alguien… Momento en que cenicienta miraba el reloj e iniciaba la retirada, siendo sustituida en el último instante por Tania (la guerrillera) que se despedía airada levantando el puño en señal de lucha.
Más de una vez, la princesita que vive en mi, reunió un importante número de firmas que apoyaban la petición de darle la oportunidad de poner en práctica la cara de asombro que tenía ensayada para el momento en que la rescatasen. Retumbaban las risas como en una taberna de marineros, Mata Haris, Geishas, Monjas de claustro, Hermanastras, respondían al unísono que resultaba más gratificante regresar de una cacería con un corazón latiendo entre las manos.
Y hoy que las mujeres que soy escuchan sones de guerra, que el latir de un corazón lejano se asemeja a una danza guerrera… Entre suspiros y discursos motivacionales, escucho promesas absurdas, intentos de autosabotaje y no faltan las que sin decir palabra mantienen la mirada puesta en el infinito o aquella que no se entera y propone ir de compras.
Confundidos y en movimiento, los planes encajan, se contradicen, se descartan. Envueltas entre notas de la futura sinfonía, la esperanza fluye aún cuando todas saben que puede tratarse -una vez más- de un tema musical “sin título” destinado a ser emitido en el altavoz ronco del elevador del fracaso.